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Decía
el arquitecto Demetrio de los Ríos, refiriéndose a la restauración
de la Catedral de León, que "si no se ha erigido una Catedral
nueva, no hay parte de la nuestra que no se haya retocado poco o mucho,
y algunas partes de ella muy principales resultan completamente repuestas".
Estas palabras testimonian la intensidad y magnitud que alcanzaron las
obras de restauración durante este intenso y agitado período
de vida del Templo mayor leonés. Las restauraciones se extendieron
por toda la superficie del edificio buscando devolver el templo a la pureza
con que fue ideado por sus constructores originarios del siglo XIII. La
Catedral de León, a través de la restauración, trató
de recuperar la "idea" original de sus primeros constructores.
El
"primitivo esplendor" de la construcción gótica
renació, pero para ello se eliminaron en ocasiones importantes
adiciones que la Catedral de León había incorporado en las
épocas renacentista y barroca. Así ocurrió con las
fachadas meridional y occidental del edificio.
El
brazo sur de la Catedral de León había sido una de las zonas
del edificio más dañadas por los efectos de aplastamiento
ejercidos por la cúpula barroca. A finales del siglo XVII, el maestro
Manuel Conde Martínez desmontó la fachada sur hasta la línea
superior del pórtico. Para su reconstrucción presentó
dos trazas al Cabildo catedralicio en 1694. El diseño escogido
y ejecutado consistió en una espadaña barroca, a modo de
ático, con dos templetes laterales y arco semicircular central,
todo ello profusamente decorado. Después del terremoto de Lisboa
de 1755, cuyos efectos se sintieron también en León, se
decidió macizar la galería del triforio y sustituir el rosetón
meridional por un par de ventanas gemelas de perfil apuntado. Esta fachada,
acompañada de su pórtico y de todo el brazo sur del crucero,
fue desmontada por Matías Laviña, operación que se
consumada en los últimos meses de 1862. A partir de entonces, se
pensó en la reconstrucción de este brazo meridonal.
El
propio Matías Laviña presentó un proyecto que fue
rechazado por la Academia de San Fernando. La institución académica
consideró que el proyecto de Matías Laviña presentaba
en la parte superior un remate en forma de arcada a modo de galería
abierta en la parte superior que no se acomodaba con el estilo general
de la Catedral de León: esta galería ornamentada no seguía
las formas severas y sobrias que rigen en el templo leonés y remitía
a un estilo gótico florido y galano, más propio de la etapa
final de este estilo medieval, que del momento de rigor clasicista al
que corresponde la construcción inicial de la Catedral de León.
El
proyecto finalmente aceptado para la reconstrucción del hastial
meridional de la Catedral de León fue el diseñado por Juan
de Madrazo en 1879. Madrazo, después de un detenido estudio, resolvió
la parte superior de la fachada con un piñón o gablete en
forma de triángulo equilátero, adornado con crochets y coronado
en su vértice con la estatua de San Froilán, patrono de
la ciudad. La parte central de este piñón triangular fue
horadada con una roseta que posteriormente fue sustituida por Luis Menéndez
Pidal por la actual tracería calada. Este diseño de Juan
de Madrazo sigue las pautas generales del análogo hastial septentrional
e interpreta y recrea con precisión erudita y científica
el estilo gótico-clásico imperante en la Catedral de León,
al tiempo que se ensambla con precisión en el organismo constructivo
del edificio.
Más
polémica fue la reconstrucción de la fachada principal de
la Catedral: para levantar el actual hastial "neogótico"
fue preciso desmontar el remate plateresco que había sido erigido
en el siglo XVI Juan de Badajoz. Este vistoso elemento renacentista de
coronación se alzaba sobre un gran relieve escultórico de
la Anunciación; sobre este relieve se erigió el cuerpo de
remate, compuesto por un ático flanqueado por columnas jónicas,
una rosa calada y un frontón agudo; las torrecillas del hastial
remataban en dos templetes exagonales sostenidos por pilares y coronados
con agujas cónicas; rodeando este puntiagudos chapiteles suben
en grácil movimiento helicoidal molduras ornamentadas con bichas
y seres fantásticos ideados por el maestro Badajoz.
Demetrio
de los Ríos demostró la inestabilidad del hastial occidental,
que según sus palabras presentaba un "estado decrépito":
"toda esta máquina ?decía Demetrio de los Ríos?
es azotada por los ciclones, obligada a fatal cabeceo y está echada
sobre la antigua construcción que se muele por momentos, abriéndose
en rajas oblicuas y verticales, estas últimas de hasta veinte hiladas,
y calando todas las delgadas paredes de las pilas, rompiéndose
el formero por uno de sus hombros y cayendo incesantemente en menudos
detritus la deshecha piedra del triforio, rosa, enjutas y torrecillas,
hasta entapizar cien y cien veces la terraza, donde tal arena cruje de
continuo bajo nuestros pies y dando, en fin, otras muchas señales
de ruina, que sorprende no se haya venido la susodicha máquina
al suelo". La Academia de San Fernando finalmente se rindió
ante los elocuentes argumentos presentados por Demetrio de los Ríos
y aprobó el desmonte y reconstrucción de este hastial occidental.
La
construcción del colosal andamio y el desmonte del hastial se realizó
con gran rapidez por Demetrio de los Ríos, que consumó todas
estas operaciones en apenas seis meses, desde agosto de 1888 hasta enero
de 1889. Este sistema de carpinterías, que alcazó una altura
de casi cincuenta y cuatro metros, era, como señalaba el arquitecto,
"el más elevado de cuantos se han erigido en el templo y uno
de los mayores de cuantos en nuestros días se han acometido o acometen".
El desmonte del hastial fue una impresionante operación que apeó
desde una altura sobrecogedora pesados y voluminosos cuerpos.
Demetrio
de los Ríos reconstruyó el hastial principal de la Catedral
de León a partir de un diseño análogo al que se había
empleado años antes en la fachada meridional. Remató los
extremos con torrecillas o pináculos decorados con el más
puro repertorio gótico de gabletes, bichas, pirámides y
crochets. El piñón central aparece decorado con una hornacina
en la que se representa el Misterio de la Anunciación y corona
el vértice superior la figura del Salvador. Otros seres fantásticos,
como los buhos y los monstruos de las gárgolas, enriquecieron el
diseño arquitectónico de esta fachada principal de la Catedral
de León.
Además
de la reconstrucción de los hastiales meridional y occidental,
la restauración se extendió durante dos décadas por
todos los lienzos de muros y ventanales del exterior de la Catedral. Juan
de Madrazo procedió a reconstruir el brazo meridional del crucero
a partir de 1882. En su proyecto de este año ofreció un
modelo de reconstrucción de las ventanas altas que, posteriormente,
se extendió a lo largo de todo el perímetro del edificio.
En
las ventanas superiores, se desmontaron sus vidrieras y se renovó
su sutil y fina tracería, que en varios puntos se encontraba muy
deteriorada. Un elemento destacado de este diseño son los gabletes
que corren por encima de todas las ventanas de la Catedral de León;
anteriormente a la restauración, existieron en su lugar unos simples
arcos de descarga; según afirmó Demetrio de los Ríos,
se encontraron vestigos de estos gabletes en un ángulo del edificio,
en el arranque de una de las ventanas, hallazgo que justificó su
aplicación a todo el edificio. En las enjutas de los ventanales,
se propuso una decoración de rosas ciegas: en este caso, la Catedral
no ofrecía vestigio alguno de la existencia anterior de este elemento,
de manera que Juan de Madrazo las incorporó de modelos tomados
de las catedrales francesas que estudió con detenimiento. La cornisa,
con tres hiladas de cantería, fue también un elemento añadido:
para su construcción hubo que desmontar la cornisa que había
dispuesto el maestro Baltasar Gutiérrez a comienzos del siglo XVII.
La cornisa neogótica de Madrazo y de los Ríos consiste en
una media caña decorada con motivos de hojas intercaladas rematada
por un escamado que sirve de corona. El antepecho superior aplica el motivo
de las rosas caladas de cuatro lóbulos, adaptado al carácter
general del templo. El conjunto exterior de la Catedral se remató
con pináculos que coronan la parte superior y elevan sus puntas
en secuencias rítmicas a lo largo de todo el edificio.
Este diseño "neogótico" fue extendido por Demetrio
de los Ríos desde el brazo sur del crucero hacia las naves altas,
el presbiterio y el ábside catedralicio, dotando de unidad a la
fisonomía exterior del edificio. En una fotografía antigua
del costado meridional puede observarse el adelanto de los trabajos. Como
el arquitecto afirmaba, tras la restauración, "en todo el
perímetro reina y se sostiene con perfecta unidad la misma composición".
Los elementos figurativos, como gárgolas y estatuas, monstruos
y seres celestiales, volvieron poblar el universo catedralicio.
Además
de estos elementos decorativos, fueron muchos los elementos estructurales
reparados y reforzados, como los pilares interiores, los botareles o estribos
exteriores, los arbotantes y las torres de "la Limona" y "la
Silla de la Reina", torres estribo que reciben los empujes de los
arbotantes angulares. Algunos de los arbotantes fueron desmontados piedra
a piedra, para repararlos y volverlos a colocar en buenas condiciones
de estabilidad. En el interior, el sistema de apoyos de la Catedral fue
repasado en su totalidad: en pilares y muros se restituyeron millares
de sillares que se encontraban descompuestos o deteriorados, mostrando
un deplorable estado terroso, prácticamente reducidos a polvo.
Las intervenciones en pilas y muros variaron en intensidad, alcanzando
en ocasiones la total reedificación de pilares enteros desmontados,
aunque la operación más frecuente fue la sustitución
de aquellos sillares que se encontraban seriamente dañados por
otros de nueva labra o bien la consolidación del núcleo
interior de mampostería del pilar o muro.
Las
restauraciones se extendieron en la última fase de la intervención
a elementos decorativos del interior de la Catedral, reparándose
el pavimento, la sillería del coro, las verjas, las puertas y cancelas
y los sepulcros. También se desmontó el magnífico
retablo barroco de Tomé Gavilán y se colocó en su
lugar uno de nueva factura realizado a través de la composición
con tablas bajomedievales procedentes de la Diócesis leonesa.
Pero
la reposición, reparación y restauración de la inmensa
superficie de vidrieras de la Catedral de León fue el capítulo
culminante y uno de los más brillantes de este intenso proceso
de restauración experimentado por el edificio. Al iniciarse la
restauración, las vidrieras fueron desmontadas y almacenadas en
la torre norte. Fue el arquitecto Juan Bautista Lázaro de Diego
quien, con infinita paciencia, encomiable conocimiento técnico
y elevada sensibilidad artística, abordó la imponente tarea
de reponer los vidrios en sus bastidores, reparar los deteriorados y hacer
nuevas vidrieras para los huecos que carecían de ellas. Toda esta
inmensa labor se realizó en un taller formado en León; ello
suponía iniciar una empresa "no acometida hasta ahora en España",
como reconocía el propio arquitecto. Su meticuloso trabajo fue
reconocido en la Exposición Nacional de Bellas Artes del año
1897. Juan Bautista Lázaro recibió entonces la medalla de
primera clase y, posteriormente, fue honrado con la Gran Cruz de Isabel
la Católica. La prensa y la crítica nacional repitió
abundantemente los elogios por esta verdadera "resurrección"
de un arte olvidado en España.
Tras
este largo, complejo y, en ocasiones, traumático proceso de restauración,
la Catedral de León fue devuelta al culto en el año 1901.
Este acontecimiento fue muy celebrado por la población leonesa
y seguido con expectación en el resto de España. El siglo
XIX había dejado un importante testimonio de la conciliación
de la razón y la fe para "devolver de nuevo el ser" a
uno de los monumentos más importantes y significativos de nuestra
patria. La idea romántica de recuperar la Catedral ideal, con toda
su magnificencia y grandeza, alentó esta apasionada búsqueda
del paradigma gótico. Se trató de recuperar no sólo
la belleza de formas de un edificio o la perfección de su sistema
constructivo, sino también de revitalizar la fuerza de su mensaje
cristiano. La Catedral gótica no sólo es la perfecta y lógica
combinación de nervios, arbotantes y contrafuertes, sino que también
es un espacio poético y místico, lugar de la Presencia Sacramental
de Cristo y de la revelación de su Cuerpo Místico. La Catedral
de León es apreciada mundialmente porque combina en perfecto equilibrio
la razón temporal, la voluntad humana por vencer a la materia y
capturar la luz, con el símbolo cristiano y el misterio religioso;
es la fructífera dialéctica entre fe transcendente y lógica
humana, es el acuerdo entre imaginación y razón, entre el
sentimiento y la reflexión. Arquitectos y artesanos, obispos y
fieles desplegaron durante el siglo XIX las alas de la imaginación
y soñaron con el resurgimiento del edificio gótico, con
el regreso ideal de una nueva "era de las catedrales". Pero
esta visión deslumbrante se apoyó en el rigor del razonamiento,
pues el discurso racional, el estudio erudito y la investigación
histórica proporcionaron argumentos para apoyar el sueño
espiritual, la visión mística, el símbolo cristiano,
en suma, el "sueño de la razón".
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