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Los
desmontes emprendidos por Matías Laviña habían dejado
la Catedral de León en un estado de alarmante semirruina. Se había
desmantelado la cúpula barroca y los derribos tuvieron que ser
extendidos a todo el brazo sur del crucero, incluida su portada monumental.
El pórtico meridional fue totalmente desarmado y sus sillares y
esculturas se numeraron pieza a pieza hasta llegar a tocarse con los desmontes
el nivel del pavimento.
Un
inmenso boquete se abría en el corazón de la Catedral. Fueron
muchos los que pronosticaron con aciago fatalismo la ruina completa de
la Catedral de León. Los problemas de estabilidad surgidos tras
los desmontes habían desbaratado por entero el delicado equilibrio
constructivo del edificio. Todo el sistema de empujes y contrarrestos
había sido descompuesto. La ruina del edificio, que en principio
se había limitado a las partes que había desmontado Matías
Laviña, se extendía de modo inquietante hacia otras zonas
de la Catedral: las bóvedas altas del coro y del presbiterio y
los dos tramos de bóvedas del brazo norte comenzaban a resquebrajarse
causando el terror y la angustia de la población y de los religiosos.
Como un enorme castillo de naipes al que se le retiran varias de sus cartas,
la Catedral de León amenazaba con extender esta irrefrenable ruina
por todas sus fábricas y convertirse en un montón de escombros.
El arquitecto que se encargó de contener la ruina y crear los medios
para la reconstrucción de la Catedral de León fue Juan de
Madrazo, que se ocupó de regir destino del edificio desde el año
1868. Juan de Madrazo, ante la alarmante situación en la que se
encontraba el edificio, desde el primer momento se percató del
doble aspecto que presentaba la restauración de la Catedral de
León: era de urgente necesidad detener la ruina del edificio y,
al mismo tiempo, se debía comenzar a disponer de los medios auxiliares
precisos para proceder a su reconstrucción.
Este doble objetivo fue resuelto por Juan de Madrazo con su admirable
sistema de encimbrado de bóvedas altas. El encimbrado fue una complejísima
trabazón de carpintería que se aplicó a la totalidad
de la Catedral de León. El intrincado amasijo de maderas era el
resultado de un concienzudo estudio sobre el sistema constructivo gótico
llevado a cabo por Juan de Madrazo. El funcionamiento constructivo de
la Catedral es entendido como un conjunto de cargas, empujes y contrarrestos
que trabajan en equilibrio perfecto. El encimbrado ideado por Juan de
Madrazo estaba concebido como un enorme armazón de madera que engloba
la totalidad del sistema estructural del edificio: cada nervio de las
bóvedas, cada arco apuntado, cada arbotante exterior recibió
un elemento de madera especialmente adaptado a su forma y a su función.
Madrazo interpretó magistralmente el "principio de elasticidad"
que gobierna en las catedrales: la estabilidad de los edificios góticos
es resultado del equilibrio de fuerzas; este equilibrio había sido
descompuesto con los derribos y el encimbrado permitió contener
los empujes y reconstruir el esqueleto constructivo del edificio. Esta
osamenta o armazón, la parte elástica de la estructura,
fue totalmente sujetada por el encimbrado. El sistema de cimbras y entibaciones
se articuló, por tanto, como un impresionante edificio de madera
que cobijó y sujetó al templo de piedra. De este modo, el
encimbrado actuó a modo de "horma" o "entibación"
que permitió contener los empujes descompuestos. Podemos afirmar
que la formidable armadura de madera salvó de la ruina a la Catedral.
Al mismo tiempo que el encimbrado dominaba y neutralizaba los empujes,
también sirvió de medio auxiliar para la reconstrucción.
Con la ayuda de las cimbras, prácticamente se repasaron y reconstruyeron
todas las bóvedas altas de la Catedral. Decía Juan de Madrazo
que en toda la extensión de las naves altas de la Catedral de León
no existía un solo tramo que no exijiera reparaciones de mayor
o menor importancia. Las cimbras se adaptaban al perfil apuntado de los
arcos góticos. Algunas cimbras arrancaban de los capiteles de los
pilares. Otras se levantaban sobre apoyos verticales asentados sobre el
pavimento. Pero donde el pavimento no ofrecía solidez o para encimbrar
las bóvedas centrales sin tener que desmontar la sillería
de coro, el arquitecto ideó también un sistema de "armaduras
transversales colgadas" que estribó en la galería triforio
del edificio. Las cimbras se apretaban o aflojaban lateralmente o de costado.
El sistema de encimbrado permitía además otros servicios
prácticos: servían como pasos de andamiaje para los canteros
y operarios y también se utilizaron como castillejos para la elevación
y transporte de los materiales.
El sistema de encimbrado se extendió por todas las bóvedas
altas de la Catedral desde el año 1874 hasta 1880, cuando el arquitecto
Demetrio de los Ríos encimbró las bóvedas del ábside,
completando así el sistema de carpinterías de la Catedral
de León en su totalidad. A partir de estos años, se procedió
a reconstruir las bóvedas que habían sido derribadas y a
restaurar las que aún quedaban en pie. Esta tarea la realizó
Demetrio de los Ríos y Serrano.
El procedimiento de reconstrucción o restauración de las
bóvedas era sumamente audaz y contenía un grado importante
de riesgo, pues se trabajaba a más de veinte metros de altura,
elevando pesados sillares de piedra y volteando arcos y bóvedas.
La restauración consistía en deshacer los plementos cuarteados
y demontar los arcos de los nervios o crucería, que después
se volvían a colocar sobre sus cimbras, previa reparación
de sus deformaciones. Sobre estos nervios se volteaba de nuevo la plementería.
Los arbotantes exteriores se reparaban con un procedimiento similar que
consistía en su apeo, corrección y posterior reedificación.
Mientras se ejecutaba esta operación, el encimbrado sostenía
al edificio.
Una vez reconstruidas las bóvedas, el proceso de desmonte del encimbrado
del edificio fue la prueba de fuego de la restauración de la Catedral
de León. Demetrio de los Ríos procedió a comienzos
del mes de julio de 1888 a aflojar las cimbras y codales que habían
sujetado y contenido toda la estructura constructiva de la Catedral durante
catorce años. Esta concluyente operación de descimbrado
hizo contener el aliento de los operarios y de toda la población
leonesa. Fue un momento crucial en la historia de la Catedral de León.
El templo, desprovisto de sus "muletas" debía comenzar
a sostenerse por sí mismo y demostrar que sus grietas, roturas
y fracturas se habían soldado definitivamente. Al eliminarse las
cimbras por completo, las bóvedas dejaron sentir con un crujido
la totalidad de su peso sobre los pilares. Esta operación requirió
prácticamente un mes de continuados trabajos.
El
arquitecto Demetrio de los Ríos describía la emoción
de estos transcendentales momentos: "No parece sino que a la conjunción
de tantas tribulaciones y estruendos como alrededor nuestro estallaron
?decía el arquitecto? respondió la Providencia, no con un
milagro, sino con una explosión de ellos; pues en un Templo tan
excesivamente sensible a la menor conmoción, en un edificio tan
extraordinariamente dócil al más leve sentimiento, ni la
menor raja se abrió entre aquellas infinitas y atroces que lo plagaban".
Las
operaciones de descimbre y desentibación de las bóvedas,
pilares y apoyos verificaron la recuperación de la estabilidad
de un edificio que había arrastrado graves problemas en su estructura
a lo largo de los varios siglos de su existencia. Puede afirmarse que
esta restauración fue una de las más complejas y arriesgadas
entre todo ejecutadas en Europa en el siglo XIX. Los minuciosos cálculos
sobre la estabilidad de bóvedas, los portentosos sistemas de carpintería
armados a gran altura y los sistemas de cantería puestos en práctica
para la reparación y reconstrucción de bóvedas de
la Catedral de León sirivieron de modelo para la restauración
posterior de otras grandes catedrales españolas, como la de Sevilla
o Burgos. Pero también fueron referencia imprescindible en toda
Europa para restaurar edificios que décadas más tarde sería
seriamente dañados en su esqueleto estructural como consecuencia
de catástrofes bélicas. El elevado mérito de estos
trabajos fue reconocido en su momento, pues en el año 1881, Juan
de Madrazo recibió a título póstumo la Medalla de
Oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes por sus proyectos
de restauración de la Catedral de León. El sistema de encimbrado
permanece como testimonio de la sabiduría de arquitectos como Juan
de Madrazo o Demetrio de los Ríos que se entregaron con abnegada
dedicación a la salvación de la Catedral de León.
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